Hola a todos.
Estoy de vuelta.
O quizá no.
¿Cuándo fue la última vez que escribí regularmente? ¿2017, 2018? Uf, madre mía. Han pasado casi diez años. Y creo que, antes de empezar a contar nada, toca volver a presentarme.
Soy Isabel, y este es Diario de a bordo, el diario de viajes mío y de Xavi, que es mi marido.
Aunque, si nos ponemos estrictos, este blog es bastante más que eso. Lo inauguré en 2008, hace ya una barbaridad de años. Y aquel momento fue muy importante para mí. Por entonces había dejado de estudiar japonés. Llevaba siete años estudiándolo, conocía bastante bien el idioma y la cultura japonesa, pero estaba muy cansada. Y tenía ganas de viajar. Tenía ganas de conocer mundo y, sobre todo, de contarlo. Así que empecé el blog.
En aquella época tener un blog no era algo tan habitual como ahora. Éramos relativamente pocos los que escribíamos blogs en español, y viajar a Japón todavía tenía ese punto de exotismo que hoy quizá hemos perdido. Para mucha gente era un destino lejano, complicado y carísimo. Y sí, barato no era. Pero tampoco era imposible. Yo quería explicar que se podía hacer. Quería contar lo que veía, lo que aprendía, los lugares que visitábamos y nuestras aventuras. Y lo que empezó como un hobby fue creciendo. Primero escribía unas pocas entradas. Después empezamos a viajar más. Y cuanto más viajábamos, más quería escribir. Y cuanto más escribía, más ganas tenía de volver a viajar.
Supongo que existe una palabra en inglés para eso: wanderlust.
Esa sensación de que, cuando empiezas a viajar, ya no quieres parar. Quieres conocer otro sitio. Y después otro. Y otro. Porque cuanto más mundo ves, más consciente eres de todo lo que te queda por ver.
A veces tengo amigos que me dicen que han hecho un par de viajes y que ya han visto mundo. Y yo pienso: ¿cómo pueden pensar eso? Pero bueno, también entiendo que cada persona es diferente. Si a alguien le gusta viajar, estupendo. Y si a otra persona le gusta ver el fútbol, pues estupendo también. Cada uno tiene sus gustos y sus fobias, y cada uno se gasta su dinero y disfruta de su tiempo como le da la gana. Yo no tengo ningún problema con eso. Y también sé que yo he tenido la suerte de poder viajar. Que no todo el mundo puede permitirse ese lujo, ni por dinero ni por sus circunstancias personales, y eso es algo que intento no olvidar.
Siempre pensé que algún día me cansaría de viajar. Y, sinceramente, no sé si ese día va a llegar. Porque estoy escribiendo esto sentada en un café francés en Montpellier, escuchando el ambiente de la plaza, y todavía no he acabado el año y ya estoy pensando en qué viajes puedo hacer el año que viene. Hay demasiado mundo por ver.

Y el blog fue creciendo con todo aquello. Cada vez tenía más visitas. Y eso, evidentemente, era genial. Pero también implicaba muchísimo trabajo. Aprendí un montón de cosas que nunca había pensado que acabaría haciendo. Aprendí sobre redes sociales justo cuando empezaban a despegar. Viví la época en la que aparecieron Twitter, Instagram y muchas de las plataformas que hoy damos por sentadas. Aprendí a gestionarlas, a llevarlas, a entender cómo funcionaban. Y llegó un momento en que aquello ya no era simplemente escribir un blog. Prácticamente estaba gestionando una empresa. Una empresa unipersonal, eso sí. Pero una empresa al fin y al cabo. Y no vivía de ello. De hecho, nunca fue mi planteamiento. El blog no nació para ganar dinero. Nació como una manera de contar nuestras aventuras y, de alguna forma, de dejarlas guardadas. Era nuestra memoria. Nuestro diario de viaje. Pero siguió creciendo. Hasta llegar, en algunos momentos, casi a las 100.000 visitas mensuales.
Y eso, para un blog escrito en aquella época, era muchísimo.
Yo había aprendido muchísimo por el camino y había trabajado muchísimo. Y, sin darme cuenta, aquello que había empezado como una afición se había convertido prácticamente en una segunda profesión. Pero creo que hubo otra consecuencia de todo aquel crecimiento que no supe identificar en su momento. Perdí parte de mi anonimato. Y eso, para mí, fue bastante más importante de lo que parece. Porque yo nunca he sido una persona a la que le guste ser el centro de atención. Nunca me ha gustado demasiado ponerme en primer plano. Siempre he tenido un perfil más tranquilo, más de estar en el background, como dicen los ingleses.
Y precisamente en aquella época, cuando empezaron a despegar las redes sociales, parecía que todo el mundo te decía lo contrario.
Tenías que compartir.
Tenías que mostrarte.
Tenías que poner tu cara.
Tenías que hacer tu contenido más personal.
La gente quería saber quién había detrás del blog.
Y yo entendía perfectamente que aquello funcionaba, pero no era especialmente cómodo para mí. Hasta que un día me pasó algo que probablemente parezca una tontería, pero que a mí me hizo darme cuenta de que las cosas habían cambiado. Iba tranquilamente en el metro camino del trabajo.
Por aquella época había empezado a tejer lana. Me habían comentado que iba muy bien para gestionar el estrés, así que allí estaba yo, sentada en el metro, haciendo mi bufanda tranquilamente. Y de repente una persona se me quedó mirando. Y me dijo algo así como: “Perdona… ¿tú eres Isabel, la de Diario de a bordo?” La persona me explicó que había dudado mucho porque me había visto allí, en el metro, tejiendo lana, y no le cuadraba demasiado con la imagen que tenía de mí. Pero finalmente había pensado que sí, que tenía que ser yo. Y, por supuesto, intenté ser lo más cordial y amable posible. Porque, evidentemente, estaba agradecida. Que alguien te reconozca por algo que tú has creado significa que has llegado a esa persona. Y eso es bonito. Pero si soy sincera, por dentro I freaked out. Porque de repente alguien me había reconocido en el metro.
A mí.
Mientras estaba haciendo una bufanda.
Y creo que no estaba preparada para eso.
No es que no agradeciera el éxito del blog. Todo lo contrario. Había trabajado muchísimo para conseguirlo y estaba muy orgullosa de lo que había construido. Pero creo que aquella pérdida de anonimato fue sumando otra pequeña capa a un cansancio que ya estaba empezando a acumularse.

Cuando viajar dejó de ser «vacaciones»
Creo que fue alrededor de 2016 o 2017 cuando empezó a pasar algo que, en aquel momento, no entendía. Me sentaba delante del ordenador y no me salía nada. Nada. Lo que antiguamente era facilísimo para mí —sentarme y escribir de golpe un post de diez mil palabras sobre un viaje— se convirtió, de repente, en uno de los peores bloqueos de escritura que he tenido nunca. Y lo curioso es que, objetivamente, todo iba bien. El blog estaba en lo alto. Tenía un montón de visitas. La gente me reconocía mientras tejía bufandas. Había conseguido prácticamente todos los objetivos que me había marcado.
Entonces, ¿qué estaba pasando?
Ahora, con la perspectiva que da el tiempo, creo que lo entiendo. El problema era que viajar había dejado de ser un hobby para convertirse en una segunda profesión. Cuando viajaba, ya no pensaba solamente en qué destino quería conocer. Pensaba en los artículos que tenía que escribir, en las fotografías que tenía que hacer, en los posts que tenía que publicar y en cómo mantener las visitas del blog. En definitiva, estaba trabajando. Y mi trabajo principal ya me ocupaba muchísimo tiempo. Trabajo en un medio de comunicación. No, no soy periodista, pero trabajo en un medio de comunicación importante y le dedico, de media, unas diez horas al día. Si a eso le sumamos que prácticamente todos mis días de vacaciones los dedicaba a viajar y que, al volver, continuaba trabajando por las noches y los fines de semana para mantener el blog… La realidad es que llevaba casi diez años sin tener un solo día libre para mí.
Y mi cabeza dijo basta.
Me bloqueé.
No me salía nada.
Y, aunque en aquel momento me costó muchísimo aceptarlo, creo que aquel bloqueo fue una de las mejores cosas que me podían haber pasado. Porque al final dejé de escribir. Y desde 2018 han pasado ya ocho años. Ocho años sin escribir en este blog. Bueno, casi. Durante este tiempo, Xavi se encargó puntualmente de publicar algún artículo, manteniendo el blog de alguna manera vivo.
Sin embargo, una cosa quiero dejar clara: No he dejado de viajar. Ni mucho menos. De hecho, si me pongo a hacer memoria de todos los sitios en los que hemos estado desde que dejé de escribir en el blog, la lista es bastante considerable.
En estos años hemos estado en Japón —varias veces—, Irlanda, incluyendo Dublín y Belfast, Italia, Eslovenia, Croacia, República Checa, Turquía, Suecia, Austria, Eslovaquia, Noruega, Emiratos Árabes Unidos, Corea del Sur, Tailandia, Bután, Nepal, Colombia, Panamá, Maldivas, Estados Unidos, Portugal y España.

Y seguro que me estoy dejando alguno. Hemos hecho viajes de todo tipo. En 2018 hice el Camino de Santiago.En Nepal hicimos el trekking hasta el campo base del Annapurna. Y aquí quiero hacer un pequeño inciso porque esto no es un «Fuimos a Nepal» y ya está. Subimos hasta el campo base del Annapurna. Nos pasamos una semana subiendo escaleras y bajando escaleras. Y yo, que ya soy una señora de cierta edad, puse el piloto automático. Y subí. A pesar de todo. Pero llegamos. Y ver amanecer desde el campo base del Annapurna fue espectacular. Y la verdad es que valió cada una de las escaleras.
También hicimos Bután, que era uno de esos destinos que tenía en la lista desde hacía muchísimo tiempo.
Y en Panamá tuvimos una de esas historias que hacen que un viaje sea especial. Íbamos a hacer un viaje en velero por el archipiélago de San Blas, en Guna Yala, compartiendo barco con otra pareja. Pero, por cosas del destino, la otra pareja canceló a última hora. Así que nos encontramos con que, de repente, Xavi y yo estábamos solos en un velero durante una semana. Ni tan mal. Pasamos una semana navegando entre islas, bañándonos en aguas turquesas y comiendo pescado recién pescado. Hay viajes que se recuerdan por los monumentos que visitas. Y otros por cosas tan sencillas como estar en medio del Caribe, en un velero, y lo afortunado que eres por poder estar allí.
En uno de los viajes a Japón que hicimos con las amigas también nos dio por ponernos en modo desafío o Pekín Express. Subimos al monte Fuji. Fue una experiencia súper gratificante, aunque también bastante dura. Y allí aprendí que el famoso dicho japonés tiene toda la razón: el sabio sube al Fuji una vez; el necio lo hace dos. Porque subirlo tiene su dificultad, pero el problema de verdad es bajarlo. También hicimos en bicicleta la Shimanami Kaido, desde Onomichi hacia Shikoku, cruzando el mar interior de Seto entre islas y puentes. Y también hicimos un tramo del Kumano Kodo, una de las antiguas rutas de peregrinación de Japón. El hermano de mi amiga Sònia, cuando le contó el periplo, preguntó: —¿Pero esta chica se dedica a hacer triatlones? —No, baby, simplemente soy una motivada.
Y luego están esos viajes que tienen una historia detrás. Como aquel viaje por Estados Unidos en el que hicimos Miami, Nueva Orleans, Memphis y Nashville. Nashville, por supuesto. Porque si eres una Swiftie friki como yo, hay que ir a Nashville. Y sí, ya sé que Taylor Swift no nació allí. Pero Nashville es una parte importantísima de su historia y de sus comienzos musicales, así que para mí era una peregrinación prácticamente religiosa.
También estuvimos en Estocolmo para ver el Eras Tour. Cada una de nosotras tiene sus prioridades.

Durante la pandemia también hicimos viajes por España, incluyendo las Canarias, y estuvimos en La Gomera y El Hierro. Hemos estado en Menorca, en La Rioja, en Oporto, en Roma, en Milán, en Venecia, en Praga, en Bratislava…
Hemos vuelto a Japón. Hemos estado tres semanas en Corea del Sur. Hemos ido a Maldivas. Hemos estado en Abu Dhabi. Y, cuando parecía que ya habíamos hecho bastantes cosas, todavía seguíamos encontrando excusas para hacer más viajes. Y entonces llegamos a este año. Este año he estado en Copenhague, en Seúl y en Okinawa. Ahora mismo estoy en Montpellier. Y próximamente nos vamos a Hong Kong y Nueva Zelanda. Y todavía queda un viaje de fin de semana con mis amigas, que haremos hacia final de año y que todavía no hemos decidido. Será nuestro pequeño viaje para cerrar mi 50 aniversario.
Así que sí. Creo que puedo decir con bastante tranquilidad que no he parado de viajar. De hecho, creo que en estos años hemos llegado ya a casi setenta países visitados. Pero la diferencia es que durante todo este tiempo no he sentido la necesidad de contar cada viaje.
No he tenido que hacer una foto de cada plato.
No he tenido que fotografiar cada paisaje.
No he tenido que pensar qué entrada escribir.
No he tenido que volver de vacaciones para ponerme a trabajar sobre las vacaciones. He viajado. Y ya está. Y eso ha sido maravilloso.Porque he aprendido a viajar para mí. A viajar para disfrutar. Para relajarme. Para recuperar fuerzas y poder seguir adelante. Ahora, cuando viajo, intento no estar todo el rato pendiente del móvil. No estoy haciendo fotografías constantemente. No estoy pensando si esta foto queda bien o queda mal. De hecho, cada vez hago menos fotos. Y, curiosamente, creo que disfruto mucho más. Disfruto del paisaje. De la gastronomía. De sentarme a leer un libro. De pasear sin tener que pensar en si aquello merece una entrada. De hacer lo que se supone que hacemos cuando estamos de vacaciones.
Vacaciones. Qué concepto tan revolucionario, ¿no?

Además, 2018 fue un año importante por otro motivo. Hubo un cambio laboral en mi empresa. Aposté por una rama profesional que, con el tiempo, me ha permitido prosperar muchísimo y mejorar laboralmente. Y en aquel momento decidí que tocaba dejar el blog a un lado. No porque hubiera dejado de gustarme viajar, sino porque necesitaba dedicarme a otras cosas. Y durante estos años he hecho muchas otras cosas. Una de mis grandes pasiones ahora mismo, por ejemplo, es la lectura. Tengo la suerte de que mi círculo de amistades también está lleno de gente apasionada por los libros. Tengo un club de lectura con mis amigas. Y sí, me encanta leer romance. Me encanta la fantasía. Y me encanta el romantasy. Especialmente la literatura escrita por mujeres.
¿Qué pasa? Sí, soy una mujer y me gusta eso. ¿Tienes algún problema? Si quieres, lo discutimos. 😉
Porque una de las cosas buenas de hacerse mayor es que empiezas a tener bastante claro qué cosas te gustan y te importan, y cada vez tienes menos ganas de justificarte por ellas. Y ahora, después de todo este tiempo, me apetece recuperar una parte de mi vida que había dejado aparcada. Pero con una diferencia fundamental: el blog ya no va a ser mi foco principal. Y quizá eso sea precisamente lo que me permita volver a escribir. Y hay otra cosa que tengo bastante clara: después de ocho años sin publicar, este blog ha perdido todo el posicionamiento que tenía. Probablemente ahora mismo no lo encuentra ni el tato.
Y me parece estupendo.
No voy a intentar recuperarlo ni a compartir esta entrada por todas partes. De hecho, cerré mis redes sociales en abril. Había llegado a un punto en el que las encontraba bastante tóxicas y creo que mi salud mental lo ha agradecido. Así que probablemente esta entrada no la va a leer casi nadie. Y, curiosamente, eso me libera. Porque puedo volver a escribir simplemente porque me apetece. Y quizá, precisamente por eso, vuelva a salir algo.
Para qué nos vamos a engañar, también quiero aprovechar las herramientas que tenemos ahora. He pensado que quizá las notas de voz y la inteligencia artificial puedan ayudarme a hacer algo que durante mucho tiempo me costó muchísimo: volver a poner mis pensamientos por escrito. Podría ponerme muy digna y decir que voy a volver a escribir como antes, sin ayuda de nadie, con mi ordenador y mis posts de diez mil palabras.
Pero ¿qué queréis que os diga? Tengo cincuenta años. Tengo un trabajo al que dedico una millonada de horas. He vuelto a estudiar japonés. Tengo un marido y una vida social bastante activa. Tengo libros que leer. Tengo un club de lectura. Tengo viajes. En definitiva tengo una vida. Y no quiero renunciar a nada de eso para volver a escribir un blog.
No sé. Quizá estoy contribuyendo a que Terminator llegue y nos elimine a todos dentro de unos años, si el cambio climático no lo hace antes. Pero bueno, como suelo decir: «Dios proveerá». O, mejor dicho, «con el flow».

Lo que sí sé es que me gustaría volver a mantener este diario de viajes. No sé si voy a ser constante. Probablemente no. No voy a prometer una entrada cada semana, ni cada mes, ni nada parecido. Pero me gustaría volver a escribir. Porque después de tantos años me he dado cuenta de que este blog sigue siendo algo importante para mí. Y quizá ahora, precisamente porque ya no necesito que sea una profesión, pueda volver a ser lo que fue al principio: un lugar donde guardar nuestras aventuras.
Así que sí.
Estoy de vuelta.
O quizá no.
Pero, de momento, aquí estoy.
Muchas gracias a Miriam Q. por poner el blog en buena forma tras este largo hiato, porque al volver a entrar fallaba más que una escopeta de feria.
Nota: Para redactar esta entrada he utilizado inteligencia artificial como ayuda para ordenar y dar forma a mis notas de voz. Las historias, recuerdos y experiencias son míos.

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