Sábado, 1 de agosto de 2026
Este año he decidido celebrar mis 50 años viajando. La idea era hacer varios viajes, algunos con amigas y otros con mi marido, y aprovechar para conocer lugares en los que no hubiera estado antes. El primero fue en marzo, cuando fui cuatro días a Copenhague con Gemma y Silvia, y este de Montpellier es el segundo viaje con amigas del año. Esta vez comparto aventura con Louise, que es escocesa y actualmente vive en Dublín.
Louise y yo nos conocemos desde hace muchísimos años. Ella vino a vivir un año a Barcelona con su marido para aprender español y yo era su intercambio de inglés, así que hacíamos nuestro particular intercambio español-inglés. Lo que empezó como una manera bastante práctica de aprender idiomas terminó convirtiéndose en una amistad que ha sobrevivido a los años, las ciudades y las distancias. A final de año, si todo va según lo previsto, habrá un tercer viaje con Anabel y Sandra, aunque todavía no hemos decidido el destino.
Pero vamos a centrarnos en Montpellier, porque antes de pensar en el próximo viaje había que conseguir llegar a este.
Rumbo A Montpellier
El tren salía de Barcelona Sants a las 8:15 y, como soy de esas personas que prefieren esperar tranquilamente en una estación leyendo un libro antes que tener que correr detrás de un tren, llegué con bastante antelación. Me llevaron a Sants y, por suerte, hice bien porque había bastante movimiento y bastante lío. Al final, todo fue bien y el AVE salió puntual, que siempre es una manera estupenda de empezar un viaje.
Este viaje, además, tenía una idea bastante clara detrás. Queríamos hacer un viaje de chicas un poco especial: buenos restaurantes, hotel de cinco estrellas, copas, arreglarnos para salir y coordinación en los outfits. Louise se había encargado de organizar prácticamente todo y, teniendo en cuenta la cantidad estrés que he tenido los últimos meses en el trabajo, se lo agradecí muchísimo. Ella buscó el destino, teniendo en cuenta que tenía que ser un sitio al que pudiéramos llegar bien tanto desde Dublín como desde Barcelona, que los horarios fueran razonables, que la ciudad nos gustara y, además, que ninguna de las dos hubiera estado allí antes.
También se encargó del hotel y de contactar con ellos para pedir recomendaciones de restaurantes. Y es que Louise es muy Louise: le gusta disfrutar de un buen restaurante, una buena copa, arreglarse y que todo esté cuidado hasta el último detalle. Es muy perfeccionista y detallista y creo que, en el fondo, quería que este viaje fuera especialmente bonito para mí.
Y la verdad es que lo consiguió.
Aunque mi primera experiencia de glamour en Montpellier no fue exactamente la que habíamos previsto.
La Estación Que No Era La Estación
Cuando llegué a Montpellier cometí uno de esos pequeños errores que, en el momento, no tienen ninguna gracia, pero que unas horas después ya empiezan a resultar divertidos. Sabía que el hotel estaba al lado de una estación. Lo tenía clarísimo. Google Maps así lo decía. El problema es que había confundido la estación de tranvía que está junto al hotel con la estación de tren a la que llegaba el AVE. Así que salí del tren bastante confiada, pensando que aquello iba a ser cuestión de caminar unos minutos.
Pero no.
El resultado fue que tuve que arrastrar la maleta durante unos quince minutos bajo la solana del 1 de agosto hasta llegar al hotel. Y allí iba yo, con mis zapatos de tacón, mi bolso de diseño, mi little black dress de lino y toda la dignidad que pude reunir, arrastrando una maleta por Montpellier. Porque una cosa es viajar con glamour y otra muy diferente es que el glamour te quite el peso de la maleta.

El Pullman Y El Primer Susto
Llegué al Pullman La Pléiade Montpellier Centre alrededor de las doce. Nos íbamos a alojar allí tres noches y la habitación doble nos había costado 289 € por noche, con desayuno incluido.
El hotel es más pequeño de lo que yo esperaba, pero está muy bien situado, prácticamente al lado del centro y con una ubicación muy cómoda para moverse andando. El problema es que todavía era demasiado pronto para hacer el check-in y Louise no llegaba hasta las cuatro, así que tenía unas horas para mí.
La chica de recepción fue muy amable y, mientras me explicaba que tendría que esperar, me preguntó si quería alguna recomendación para aprovechar la mañana. Me dio un mapa de la ciudad y me recomendó un café.
Antes de salir, sin embargo, tuve mi primer pequeño sobresalto del viaje.
Louise es extremadamente alérgica a los animales y una de las cosas que había pedido al hotel era que nuestra habitación estuviera especialmente limpia y que no hubiera ningún problema con este tema. Pues bien, cuando llegué a recepción había un huésped con un perro bastante grande y peludo que, además, no paraba de ladrar.
Mi único pensamiento fue: por favor, que este señor esté haciendo el check-out. Porque no quería acabar en urgencias el primer día del viaje.
La Puerta Mágica
Salí del hotel y descubrí una de esas pequeñas comodidades que hacen que una piense que ha elegido muy bien el alojamiento. El hotel tiene una puerta que comunica directamente con un parking que pertenece al centro comercial La Fayette. Desde allí se puede subir unas escaleras, atravesar el centro comercial y salir prácticamente en la Place de la Comédie.
Hotel, parking, centro comercial y centro de Montpellier en unos minutos.
Me pareció perfecto.
Todavía no sabía que unas horas después aquella puerta iba a convertirse en uno de mis pequeños enemigos del día.

Primera Toma De Contacto Con Montpellier
La Place de la Comédie me gustó desde el primer momento. Es uno de los grandes centros de Montpellier y alrededor de ella se mezclan edificios históricos, cafés, tranvías, tiendas y muchísimo movimiento. En medio de la plaza está la Fontaine des Trois Grâces, instalada allí en 1797 y dedicada a Aglaé, Eufrosina y Talía, las tres gracias de la mitología griega.
Delante está también la Opéra Comédie, cuyo edificio actual se inauguró en 1888 después de que los anteriores teatros de la plaza sufrieran varios incendios. La plaza, de hecho, fue tomando forma a partir del siglo XVIII, cuando Montpellier comenzó a expandirse más allá de sus antiguas murallas, y con el tiempo se convirtió en uno de los principales espacios de encuentro de la ciudad.
Y eso se nota. No tiene esa sensación de plaza monumental que solo se contempla y se fotografía. Aquí la gente la utiliza. Hay tranvías, gente que va de un lado a otro, terrazas, músicos callejeros y personas simplemente sentadas pasando el rato.
También me llamó muchísimo la atención el Grand Hôtel du Midi, especialmente por el mosaico de la parte superior de la fachada. A mí me recordó inmediatamente al art déco, aunque con un aire un poco bizantino, que resulta que son dos de mis estilos arquitectónicos favoritos. Así que, de momento, Montpellier estaba empezando con bastante buen pie.
Había calor, eso sí.
Mucho calor.
Una Comida Ligera En El Café Joseph
Seguí caminando hasta la Place Jean Jaurès, donde encontré el Café Joseph. Era exactamente el tipo de café francés que una se imagina antes de venir a Francia: mesas redondas, sillas de hierro con un trenzado blanco y negro que parecía un pequeño mosaico, árboles, terrazas y música sonando de fondo.
Eran aproximadamente las dos de la tarde y hacía bastante calor. Había desayunado a las seis de la mañana, así que tenía hambre, pero tampoco me apetecía comer demasiado porque aquella noche teníamos una cena especial y quería reservarme.
Miré el plato del día, que era cerdo a la brasa con patatas y ensalada por 18,90 €, y tenía muy buena pinta, pero finalmente pedí una ensalada de tomate y burrata y un San Pellegrino de 50 cl. La ensalada costó 18 € y el agua 5 €, así que la cuenta fue de 23 €.
Eso sí, la ensalada llevaba olivada.
Y aquí tengo que hacer un pequeño inciso porque yo odio las aceitunas. No me gustan. No puedo con ellas. Las odio con la pasión y la fuerza de mil soles.
Pero bueno, tengo 50 años y soy una mujer adulta.
Así que me la comí.
Supongo que madurar consiste en eso.
Mientras estaba allí empezó a sonar La Vie en Rose y, de repente, todo parecía tan francés. La plaza, los árboles, las terrazas, la música… Son de esos momentos que no necesariamente son grandes acontecimientos, pero que hacen que una piense: sí, estoy de viaje.

Mercado, Cosmética Y Una Pequeña Compra Innecesaria
Después de comer seguí callejeando y llegué a las Halles Castellane, uno de los mercados cubiertos del centro de Montpellier. Había puestos de carne, pescado, quesos y otros productos frescos, y me sorprendió descubrir que el mercado estaba completamente activo siendo sábado 1 de agosto a mediodía.
Aquí, en cambio, parecía que la ciudad seguía funcionando con bastante normalidad.
Y entonces vi una farmacia con una cantidad de cosmética que me hizo entrar inmediatamente. Últimamente estoy muy loca con la cosmética coreana y, además, la cosmética francesa es otra de mis debilidades. En la farmacia tenían varias marcas que me gustan, como Nuxe. Y encontré el champú que utilizo habitualmente, en formato refill de medio litro. En Barcelona me cuesta unos 27 €. Aquí estaba a 14 €.
Solo quedaba uno.
No quería cargar con una bolsa durante toda la tarde, pero tampoco podía dejar allí semejante “oportunidad”. Así que compré el champú. Porque viajar ligero está muy bien hasta que encuentras algo que cuesta prácticamente la mitad de lo que pagas en casa.
La Librería Que Encontré Gracias A Google Maps
Continué andando y llegué a una pequeña librería anglosajona que tenía marcada en Google Maps porque estaba buscando precisamente una librería bonita. Esto es importante aclararlo porque no quiero que parezca que tengo una especie de don especial para encontrar lugares escondidos.
No. La tenía marcada. Google Maps me llevó.
La librería era Le Bookshop, y está en una zona muy bonita del casco antiguo, en la Rue du Bras-de-Fer, una calle especialmente conocida por sus escaleras pintadas de colores. Lo curioso es que yo no sabía absolutamente nada de las escaleras cuando decidí ir a la librería. De repente me encontré allí, en una de esas calles que aparecen en las postales de Montpellier, con sus peldaños de colores y sus fachadas antiguas.
Muy bien preparado todo.
La librería tenía mucho encanto, con arcadas de piedra en el interior y un ambiente muy agradable. Y yo iba con una misión bastante concreta: quería comprar en físico This Kingdom Will Not Kill Me, de Ilona Andrews. Lo tenía en Kindle y me había gustado muchísimo. Me lo había leído en unas cuarenta horas, ni siquiera llegó a dos días, y después hice algo que hacía tiempo que no me pasaba: me lo volví a leer.
Me había pasado con Fourth Wing, de Rebecca Yarros, y con todos los libros de Sarah J. Maas, pero hacía bastante que un libro no me enganchaba así.
Pues bien, entré en la librería. Pregunté. No lo tenían. 🙁
Así que, ya que estaba allí, me senté en una de las mesitas de madera que tienen delante y me tomé un iced latte, que costó 5 €. No conseguí mi libro. Pero conseguí mi café.
Una Tienda Friki Y Un Pequeño Paseo
Seguí callejeando por las calles del centro y entré también en Easter Egg, una tienda de cosas frikis, literatura y Funkos que me pareció muy chula. El único problema es que estaba prácticamente todo en francés y mi dominio del idioma no llega todavía al nivel necesario para comprar literatura fantástica sin saber exactamente qué estoy comprando. Así que miré, cotilleé y salí.
Continué por el Passage Colette Richard, detrás de la iglesia, y fui descubriendo pequeñas plazas, árboles y rincones con bastante sombra. A esas alturas ya empezaba a notar el calor de verdad, así que sobre las dos y media decidí que era momento de volver al hotel y esperar tranquilamente a Louise con el aire acondicionado.
Google Maps Vuelve A Entrar En Escena
Puse rumbo al hotel. O eso creía. Después de unos quince minutos andando descubrí que llevaba quince minutos andando en dirección contraria. En ese momento solo pude pensar que mi yo del futuro tenía que tomar nota: a las tres de la tarde, en agosto, mira Google Maps para ir a los sitios.
Eso sí, tampoco me voy a quejar demasiado, porque gracias a mi error descubrí algunos rincones muy bonitos y unas boutiques que estoy bastante segura de que a Louise le iban a encantar.
Cuando finalmente llegué a la Place de la Comédie ya sabía perfectamente dónde estaba y cómo volver al hotel. Mini punto para mí. El problema vino después.
La Puerta Mágica Que Dejó De Ser Mágica
Intenté volver a utilizar la famosa puerta que conectaba el hotel con el centro comercial. A la ida había sido facilísimo. A la vuelta, no. Entré en el centro comercial, recorrí todo el espacio, identifiqué los marcadores que indicaban dónde estaba la salida hacia el parking y, aun así, no conseguí encontrar el dichoso parking.
Llegó un momento en que decidí que no iba a discutir más con un centro comercial y salí por fuera para dar toda la vuelta hasta el hotel. La puerta mágica había dejado de ser mágica.
Por Fin, Louise
A las cuatro en punto llegó Louise y fue muy bonito volver a encontrarnos. Subimos a la habitación, que estaba perfecta, con nuestras dos camas, la ducha y todos esos pequeños detalles que ella había pensado antes de que llegáramos. Incluso había pedido un espacio extra para poder dejar las maletas, algo que parece una tontería hasta que te das cuenta de lo incómodo que es tener que dejarlas en el suelo. Dejamos nuestras cosas en el armario y decidimos volver a salir.
Louise había tenido una idea que me encantó: comprar un pequeño recuerdo del viaje, algo de joyería que pudiéramos llevar las dos. Había encontrado por internet una tienda llamada L’Atelier d’Amaya, así que fuimos hasta allí pasando de nuevo por la Place de la Comédie. Después de mirar varias cosas acabamos comprando unas pulseritas de plata con charms. Costaron 79 € cada una.
Me pareció un recuerdo precioso porque no era simplemente comprar algo bonito en Montpellier. Era comprar algo que las dos íbamos a llevar y que, dentro de unos años, nos recordará este viaje.
Al lado había una tienda de galletas bastante conocida y entramos a probarlas, y enfrente había también una chocolatería donde Louise quería comprar chocolate para llevarse de vuelta a Dublín. No tengo anotados esos importes, así que no voy a inventármelos. Este blog será muchas cosas, pero de momento no va a ser ficción histórica financiera.

Una Pequeña Confesión
Durante el día también le conté a Louise que había decidido volver a escribir en el blog.
Se lo dije con cara muy seria y le expliqué que, si durante el viaje me veía hablando sola con mi móvil, no pensara que había perdido definitivamente la cordura, sino que estaba dejando notas de voz sobre el viaje. Estaba escribiendo. A ella le hizo gracia y también le hizo ilusión que hubiera decidido volver a hacerlo.
Y a mí me hizo ilusión que le hiciera ilusión.
Después de tantos años sin escribir regularmente, no sé todavía hasta dónde llegará esta nueva etapa del blog, pero me apetecía volver a contar los viajes de esta manera. Así que aquí estamos.
Una Cena En Los Antiguos Baños De Montpellier
Volvimos al hotel, nos duchamos, nos arreglamos y nos vestimos para salir a cenar. El día de mi cumpleaños, Louise me había enviado por WhatsApp, como felicitación, un GIF que decía «50 & Fabulous», así que aquella noche salimos bastante decididas a estar a la altura del mensaje.
El restaurante lo había encontrado Louise gracias a las recomendaciones que había pedido al hotel: Pampa Bar & Brasserie, en el número 6 de la Rue Richelieu. Este ocupa el espacio de los antiguos Bains de Montpellier y conserva parte de la arquitectura histórica del edificio, combinándola con un jardín/patio exterior que fue precisamente lo que más nos gustó.
Louise había pedido una mesa que estuviera bien y nos colocaron junto a la fuente, en el jardín.
Y fue perfecto.
Después de todo el calor del día, estar por fin al aire libre, con una temperatura mucho más agradable, rodeadas de aquella arquitectura antigua y sentadas tranquilamente con una copa de vino, era exactamente la clase de noche que habíamos imaginado cuando empezamos a organizar este viaje.
Pedimos una botella de vino rosado, que costó 29 €, una ensalada de queso tibio por 22 €, el pescado del día por 34 € y un salmón con salsa teriyaki por 24 €. La cena fueron 109 € en total. Y cenamos fenomenal. Pero, sobre todo, disfrutamos muchísimo del ambiente y de estar juntas.

Un Helado Antes De Volver Al Hotel
Después de cenar, de camino al hotel, vimos la heladería Niva Torino y, naturalmente, tuvimos que parar. Porque hay decisiones que no necesitan mucha reflexión. Pedí dos sabores: chocolate negro y caramelo de mantequilla salada. Costó 5,90 € y estaba muy bueno. Y después volvimos a pasar por la Place de la Comédie.
Eran aproximadamente las once y media de la noche y la plaza estaba llena de gente. Una chica estaba cantando en directo en la calle y había un grupo de personas alrededor escuchándola. Las terrazas estaban llenas y la gente aprovechaba el frescor de la noche para sentarse a tomar algo. Los edificios estaban iluminados y la plaza tenía una atmósfera completamente diferente a la de la mañana.
Y, por fin, después de todo el calor del día, hacía una temperatura estupenda.
Louise y yo volvimos caminando tranquilamente hacia el hotel.
Y así terminamos nuestro primer día en Montpellier.
Nota sobre el uso de la IA: Para elaborar esta entrada he utilizado inteligencia artificial como herramienta de apoyo para ordenar y dar forma a mis notas de voz. El contenido se basa en mis propias historias, recuerdos y experiencias, y ha sido revisado y editado por mí antes de su publicación.

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