Finalmente salimos de Barcelona con destino Indonesia y escala en Doha con cuarenta minutos de retraso a causa de algún problema X . Las más de seis horas de vuelo hasta Qatar fueron bastante pesadas porque solo había una televisión central con una programación pésima, pero al menos la comida lo compensó. Y es que nos cebaron: aperitivo, comida y merienda.
Seis horas y veinte minutos más tarde, aterrizamos en el aeropuerto de Doha, capital de Qatar. Al bajar del avión, nos encontramos con otro mundo: hombres con kandora blanca y mujeres con la abaya negra. Aunque no todos, ya que el 75% de la población de Qatar son inmigrantes.
Tras pasar los trámites de inmigración, salimos del aeropuerto y allí nos estaba esperando Benny, un chico nepalí que lleva viviendo allí cinco años y que nos hizo de guía en una breve excursión por Doha que contratamos con Qatar Airways. Lo primero que nos dijo Benny, sobre todo en cuanto me vio sacar la cámara, es que fuéramos con mucho cuidado al hacer fotos a la gente y que sobre todo pidiéramos primero permiso.
Nos montamos en el coche y, mientras Benny nos iba explicando datos de Qatar, vimos una ciudad moderna, impersonal, llena de rascacielos y edificios de dos plantas sin ningún encanto. El antílope orice, el animal que representa al país, lo encuentras por todos lados: en estatuas, anuncios y logotipos varios. Antiguamente, Qatar vivía de las perlas, pero la fuerte competencia de Japón acabó por minar el negocio. Más tarde, el descubrimiento de petróleo y gas convirtió a Qatar en uno de los países del mundo con mayores reservas de estos dos combustibles. Una de las curiosidades que nos explicó Benny es que como solo el 25% de la población es autóctona, el gobierno les da muchas ayudas. Por ejemplo, otorga terrenos gratis para la construcción de una casa al casarse, ofrece la sanidad y todos los suministros de agua, luz, gas, etc. gratis y aumenta el salario del padre por cada hijo que se tenga. La media actual es de 6.
La primera visita la hicimos en el zoco, que vendría a ser la parte más antigua de la ciudad, aunque diría que apenas tenía unos lustros. El zoco está dividido por zonas, la de las telas, la de los animales domésticos, las especias, los muebles, la zona de bares y restaurantes fashion… aunque lo que más me impactó fue el hecho de que no había gente gritando o dándote la paliza para que compraras como en El Cairo, y es que nos explicó Benny que está prohibido. Por eso, como mucho solo un par de vendedores nos ofrecieron tímidamente que entráramos a mirar.
Una de las zonas del zoco que más nos gustó fue la de los halcones. En un ala del zoco había diversas tiendas donde vendían estos animales y todo lo relacionado con la cetrería. Un halcón sin entrenar (búscate tú la vida) sale a partir de 1.000 euros. En una de las tiendas, un vendedor me invitó a entrar y hacer fotografías, pero Benny estuvo muy nervioso en todo momento. Quizás porque iba haciendo fotos todo el rato y temía que me metiera en un lío, pero ocurrió todo lo contrarío. Incluso en una ocasión, un señor qatarí, cuando me vio con la cámara me pidió que le hiciera una foto y se posó y todo.
De vuelta al coche, fuimos por la carretera que bordea el mar, el paseo marítimo en el que se agrupan montones de rascacielos. Pensaba que pararíamos y tendríamos la oportunidad de pasear por allí, pero no fue el caso. Sin bajarnos del coche, Benny nos explicó que un apartamento de dos habitaciones cuesta 2.000 dólares americanos y que un salario como el suyo es de 1.000$, aunque muchas empresas ofrecen alojamiento gratuito a sus empleados. En Qatar todo el mundo conduce a la perfección (es lógico, porque la multa por saltarte un semáforo es de 1.200$), nadie toca el claxon y todos los coches son del último modelo. Apenas hay transporte público, porque todo el mundo tiene coche propio y muchos inmigrantes tienen problemas para desplazarse al trabajo.
Y es que en el país del lujo y los petrodólares es donde estas diferencias más se acentúan. Antes de finalizar la visita, nos llevaron al puerto para ver la panorámica de la ciudad. Grandes rascacielos de arquitectos de renombre que iluminan el skyline. Hace cinco años, apenas había más de diez rascacielos y ahora los hay a montones. Todos los edificios son nuevos, y como el cemento no dura mucho debido a las altas temperaturas, cuando un edificio queda viejo o se deteriora, se derriba y se construye otro nuevo, por lo general más alto que el anterior.
En la excursión la cena estaba incluida y nos llevaron a un restaurante típico. Al llegar, nos pusieron en una mesa que taparon con unas cortinas para mantener nuestra privacidad. Imagino que más que para mi privacidad era para la de las mujeres que llevan nikab y se lo tienen que retirar para poder comer. Lo cierto es que a pesar de estar aún digiriendo toda la comida que nos habían dado en el avión, no nos pudimos resistir a los platos que nos trajeron. Todo riquísimo, pero como siempre pasa, trajeron comida para cinco cuando solo éramos dos.
A las once en punto nos dejaron en la terminal de salidas, nos despedimos de Benny y entramos para esperar nuestro vuelo. Aún nos quedaban tres horas de espera en el aeropuerto y nueve más de vuelo hasta llegar a nuestro destino.
Datos de interés:
Visado a Qatar, se obtiene en el aeropuerto en el acto pagando 100 riyals (19,50€). Atención porque no se puede pagar en efectivo, se tiene que hacer con tarjeta de crédito o débito.
Excursión stopover de Qatar Airways. Una cosa que me maravilló de Qatar Airways es lo bien montado que lo tienen todo. Una de las opciones que te dan es contratar una excursión para visitar Doha o el desierto. Tienen varios tipos y de diferentes duraciones, lo cual está muy bien pensado si, como a nosotros, os toca hacer una escala de 7 horas. En España se contrata por teléfono (902.627.070/91.758.44.75) y se tiene que ir a la oficina de Barcelona o a la de Madrid a pagar y recoger el bono, aunque si no se vive en estas ciudades creo que te lo pueden enviar por correo. Nosotros seleccionamos la excursión «Good evening Doha», que era de 19 a 23 horas. Cuesta 50$ por persona e incluía la cena.










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