Diario de a bordo

Montpellier: compras, spa y un final de viaje perfecto

Vista frontal del Arco del Triunfo (Porte du Peyrou) en Montpellier, Francia, tomada desde el centro de la calle en un día soleado. El arco de piedra caliza se alza al fondo de una avenida flanqueada por edificios históricos y farolas ornamentadas de estilo clásico. Se distingue una bandera francesa en lo alto del monumento y un escudo tallado en el centro del arco.

Lunes, 3 de agost de 2026

Después de un día bastante intenso en Sète, nos levantamos con una idea muy clara: hoy tocaba tomárselo con más calma. Bueno, con más calma dentro de nuestras posibilidades, porque todavía teníamos algunas compras pendientes y, siendo nosotras, eso siempre puede acabar convirtiéndose en una actividad de riesgo para la economía doméstica.

La catedral de Saint-Pierre

Después de desayunar salimos del hotel y nos fuimos andando hacia el barrio de l’Écusson. Era lunes por la mañana y la ciudad estaba especialmente tranquila. Había bastante menos gente por las calles y todo parecía avanzar a otro ritmo. Lo primero que hicimos fue ir hacia la catedral de Saint-Pierre de Montpellier.

Lo que más me llamó la atención fue su fachada. No recordaba haber visto antes una catedral con un aspecto parecido. Sus dos enormes pilares circulares sostienen una especie de pórtico monumental que le da un aire casi de fortaleza. La catedral está vinculada a la antigua iglesia del monasterio de Saint-Benoît y tiene una historia bastante larga y accidentada. Su aspecto exterior, tan diferente al de otras iglesias que estamos acostumbrados a ver, fue precisamente lo que más me impresionó. Entramos para visitarla y el interior resultó mucho más sobrio de lo que esperaba después de aquella fachada tan espectacular.

Después seguimos caminando hacia el Arco del Triunfo, que estaba muy cerca.

Vista lateral de la Catedral de Saint-Pierre en Montpellier, Francia, bajo un cielo azul despejado. Destaca su inusual pórtico de entrada, formado por dos enormes columnas cilíndricas rematadas en punta que sostienen un baldaquino, flanqueado por dos torres góticas con almenas. Al fondo se aprecia parte del edificio de la antigua facultad de medicina, adyacente a la catedral, y una calle empedrada en primer plano.
La Catedral de Saint-Pierre, con su distintivo pórtico de columnas monumentales, es uno de los símbolos góticos de Montpellier

Una mañana de compras

La primera parada de nuestra ruta estaba en una zona bastante señorial, muy cerca del Arco del Triunfo. Allí encontramos Souleiado, una tienda de moda que nos llamó la atención desde el principio. Nada más entrar, la dependienta, que fue encantadora, nos explicó que trabajaban con unos estampados inspirados en patrones tradicionales de la región. Dentro de la propia tienda tenían expuestos algunos de los moldes de madera que se utilizan para crear esos dibujos en los tejidos.

Me pareció especialmente bonito poder verlos allí porque ayudaban a entender de dónde venían aquellos estampados. Después, los diseñadores los reinterpretan y crean nuevas combinaciones y diseños para las diferentes colecciones.

La tienda tenía ropa preciosa. Los precios rondaban aproximadamente los 200 € para algunas prendas, mientras que otras piezas, como vestidos o blusas, podían llegar a los 250 €. También tenían pañuelos de seda tipo foulard, bastante largos, por unos 189 €, coleteros de seda por 29 € y otros realizados con los estampados de algodón por 25 €, además de pequeños neceseres y otros accesorios.

Después seguimos caminando y pasamos por el mercado de Montpellier. Entré a echar un vistazo y descubrí una fromagerie que tenía una pinta estupenda y unos quesos realmente interesantes. Estuve a punto de comprar algo, pero decidí dejarlo para más tarde. Una cosa es comprar queso. Otra muy diferente es cargar con él durante todo el día. Así que lo dejé para la vuelta.

Fachada de un edificio clásico en esquina, con dos balcones curvos de hierro forjado decorados con plantas en macetas. En la planta baja se encuentra la tienda Souleïado, con toldos verdes y terrazas exteriores. La escena está enmarcada por árboles y vegetación en primer plano, bajo un cielo despejado.
Boutique Souleïado en un edificio histórico de Montpellier

Papelería, souvenirs y calles con encanto

Seguimos nuestro paseo hacia la Rue du Bras-de-Fer. Por el camino encontramos Images de Mine, una papelería preciosa situada en una pequeña callejuela decorada con lazos que colgaban del techo. Estaba al final de la calle, haciendo esquina con la Rue de l’Argenterie, muy cerca de la tienda Sandro.

Era uno de esos sitios en los que te apetece detenerte a mirar absolutamente todo.

Tenían muchos objetos bonitos y pequeños gadgets, pero lo que más me llamó la atención fueron las postales y láminas de estilo vintage de destinos turísticos. De esas ilustraciones antiguas que ponen el nombre de una ciudad y que tienen ese aire tan reconocible de la cartelería turística de principios del siglo XX. Había de Montpellier, de otras ciudades francesas y de muchos lugares del mundo. Me pareció un sitio perfecto para comprar un souvenir diferente y un poco más especial que el típico recuerdo turístico.

Después seguimos hacia la Rue de l’Argenterie, donde teníamos apuntadas varias boutiques que queríamos visitar. Pero nos encontramos con bastantes tiendas cerradas. Supongo que era una combinación de lunes y agosto. Y, sinceramente, fue una suerte para nuestra economía, porque todo era precioso y algunas de aquellas tiendas no eran precisamente baratas. Afortunadamente, conseguimos continuar nuestro recorrido sin tener que pedir un préstamo.

Vista de una callejuela típica del centro histórico de Montpellier, con altas fachadas de piedra caliza y contraventanas grises. Una bicicleta azul cuelga decorativamente de la pared izquierda, junto a un farol de hierro forjado. Al fondo, un arco de piedra da paso a otra calle donde se distingue una persona caminando y vegetación verde bajo un cielo despejado.
Una pintoresca calleja del centro histórico de Montpellier, con su característico arco y una bicicleta como detalle decorativo.

El quartier de l’Ancien Courrier y las escaleras de colores

Giramos después por el quartier de l’Ancien Courrier, una pequeña zona de calles estrechas y mucho encanto. Tiene ese tipo de ambiente que me gusta especialmente: edificios antiguos, pequeñas tiendas y rincones en los que parece que podrías encontrar algo interesante detrás de cada esquina.

Seguimos caminando hasta la Rue du Bras-de-Fer. La librería anglosajona que tenía apuntada estaba cerrada, pero bajamos igualmente por sus famosas escaleras para hacer una de las fotografías más típicas de Montpellier: la de los escalones con los bordes pintados de colores. Porque hay viajes en los que una puede visitar monumentos, museos y catedrales, pero también hay que hacerse la foto que toca. Y esta tocaba.

Una parada técnica en Café Joseph

Después de tanto caminar y con el calor que hacía, decidimos hacer una parada técnica. Volvimos al Café Joseph, donde yo había comido el primer día, y nos sentamos tranquilamente en la terraza a tomar algo fresquito. Esta vez no necesitábamos comer. Solo sentarnos y respirar. La cuenta fue de 9,50 €, 4,50 € cada una.

Comida junto al río Lez

Después seguimos caminando hasta el restaurante donde teníamos previsto comer: La Réserve Rimbaud.

El restaurante está junto al río Lez, en un entorno precioso y rodeado de vegetación. Nada más sentarnos en la terraza entendimos por qué era un sitio tan especial. Se escuchaban los pájaros y el ambiente era mucho más fresco y tranquilo que el del centro de la ciudad. Era uno de esos lugares en los que apetece quedarse un rato. La Réserve Rimbaud tiene una estrella Michelin y ofrecía un menú de mediodía que nos pareció muy interesante. Había una opción de 44 € para dos platos —entrante y plato principal, o plato principal y postre— y otra de 54 € con entrante, plato principal y postre, bebidas aparte. Nosotras inicialmente habíamos pensado hacer entrante y plato.

Yo pedí una ensalada de sardinas a la plancha y después ternera salteada. Louise eligió una tartaleta de tomate y ricota y, de segundo, pez espada a la parrilla. Antes de que llegaran los platos nos trajeron unos pequeños aperitivos. Y ahí fue cuando el universo decidió recordarme algo. ¿Recordáis que el primer día dije que odiaba las olivas «con la pasión y la fuerza de mil soles»?

Pues bien, los entrantes:

Aceite de oliva virgen extra. -> OK

Tapenade con avellanas. -> Mal

Olivas verdes. -> Peor

Pan de oliva. -> Fatal

Y unos pequeños montaditos con crema y olivada. -> Paren este tren que me bajo.

Todo el universo de las olivas había decidido concentrarse en nuestra mesa.

En fin. Me lo tomé como una prueba de adultez. Eso sí, las olivas verdes se quedaron donde estaban, una tiene que saber marcar sus límites.

Los platos del menú estuvieron buenísimos y, al final, decidimos también tomar postre. Estábamos en un restaurante con una estrella Michelin y nos pareció que había que aprovechar la experiencia hasta el final. Y puedo certificar que fue una buena decisión. El postre estaba delicioso. La comida terminó además con unos petit fours que pusieron el broche final a una comida fantástica. Y hubo un detalle especial: nos trajeron un pequeño plato con «Joyeux anniversaire».

Plato de postre decorado con la frase "Joyeuse 50ème Anniversaire" (Feliz 50 aniversario) escrita con chocolate en letra cursiva, junto a una vela encendida en su base negra. Al fondo, sobre la mesa cubierta con mantel blanco, se ven una copa de champán, un jarrón con flores secas y una botella, con un jardín verde y una barandilla de hierro de fondo.

Aire acondicionado y un poco de shopping

Después de comer decidimos que ya habíamos hecho suficiente turismo por un día y que nos merecíamos una tarde bastante más relajada. Así que, como dos señoras que somos, pedimos un taxi para ir hasta el centro comercial La Fayette. La carrera nos costó 17,75 €. Y aquí quiero dar las gracias a la tecnología moderna y a uno de los grandes inventos de la humanidad: el aire acondicionado.

Entrar en el centro comercial después del calor de la calle fue casi una experiencia espiritual. Hicimos algunas compras y yo aproveché para volver a la farmacia que había visto el primer día, donde tenían bastante cosmética francesa. Compré un par de cremas que estaban muy bien de precio y que me llevé para casa. Pero entre el calor y todo lo que habíamos caminado empezábamos a estar bastante cansadas. Así que llegó el momento de bajar el ritmo de verdad.

Una tarde de spa

Volvimos al Pullman La Pléiade Montpellier Centre y bajamos al spa del hotel. El espacio era pequeñito, pero tenía una piscina con algunos chorros, un hammam, una sauna seca de estilo finlandés y un pequeño gimnasio para quien tuviera todavía energía suficiente para hacer ejercicio. No era nuestro caso. Estuvimos allí aproximadamente una hora, relajándonos y disfrutando de no tener ningún sitio al que ir después. Y fue maravilloso.

Después subimos a la habitación, nos duchamos, nos pusimos cómodas y nos dedicamos a una de las actividades más infravaloradas de cualquier viaje: leer, descansar y disfrutar un rato de no hacer absolutamente nada. Porque viajar también es eso: no estar siempre corriendo y saber cuándo toca parar.

Vista de una pequeña plaza en el casco histórico de Montpellier, con edificios de piedra caliza de varias alturas y contraventanas azules. En primer plano, unas escaleras de piedra descienden hacia una calle empedrada donde se aprecia una farola clásica y un hidrante rojo. El cielo parcialmente nublado y un árbol frondoso enmarcan la escena.
Una tranquila plazoleta del casco antiguo de Montpellier, con su arquitectura de piedra tradicional.

Cambio de planes

Para esa noche teníamos inicialmente una reserva en Moutarde & Wasabi, un restaurante japonés, y después habíamos pensado ir a Nectar Cocktail Club a tomar unos cócteles. Pero al final nos miramos y pensamos exactamente lo mismo. Llevábamos varios días corriendo de un lado para otro. Nos apetecía tranquilidad. Así que cancelamos la reserva y decidimos quedarnos en el hotel. Subimos a la terraza y nos sentamos tranquilamente para tomar unos mocktails y cenar algo allí mismo.

Yo decidí no tomar alcohol porque al día siguiente tenía que coger el tren y volver directamente al trabajo. Una ya tiene una edad y las resacas empiezan a pesar.

Últimamente he descubierto que uno de mis cócteles favoritos es el Moscow Mule, gracias a Marta, mi compi de japonés. El original lleva vodka, ginger beer y zumo de lima, y me parece tremendamente refrescante. Así que decidí pedir una versión sin alcohol. La cuestión es que me preguntaron qué versión quería. Y ahí me quedé pensando. Porque, sinceramente, todavía no tengo muy clara la diferencia entre vodka sin alcohol, ginebra sin alcohol y ron sin alcohol. Si alguien puede iluminarme, acepto explicaciones.

El regreso de las olivas

Con los cócteles nos trajeron un pequeño aperitivo. Unas tostaditas con tapenade. Olivas. Otra vez. Le dijimos al camarero muy amablemente que se las llevara porque a ninguna de las dos nos gustaban las olivas. Pero, mientras yo estaba grabando un audio, apareció de nuevo con un sustituto del aperitivo.

Frutos secos.

Y olivas verdes.

En ese momento ya no sabíamos si era casualidad, una tradición gastronómica local o si directamente el universo nos estaba castigando. Creo que las olivas se habían convertido oficialmente en el running gag de nuestro viaje.

La última cena en Montpellier

Finalmente pedimos falafel, croquetas, fruta y gyozas para cenar. Y cenamos muy bien. Estuvimos tranquilas, relajadas, disfrutando de la terraza, de los cócteles, de la comida y, sobre todo, de la compañía. No había ningún plan más que estar allí. Y creo que fue precisamente por eso que acabó siendo el broche perfecto para cerrar el viaje. Habíamos pasado varios días caminando, descubriendo lugares nuevos, comiendo muy bien, comprando, cogiendo trenes, visitando Sète, disfrutando del spa y recorriendo las calles de Montpellier. Y aquella última noche no necesitábamos nada más. Solo una terraza, algo rico para cenar, un cóctel sin alcohol y buena compañía.

Perfecto y simplemente fabuloso.

 

Nota sobre el uso de la IA

Para elaborar esta entrada he utilizado inteligencia artificial como herramienta de apoyo para ordenar y dar forma a mis notas de voz, así como para mejorar la accesibilidad de las fotografías. El contenido se basa en mis propias historias, recuerdos y experiencias, y ha sido revisado y editado por mí antes de su publicación.

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