lunes, 5 de octubre de 2026
Kia ora, Aotearoa
El vuelo de Hong Kong a Auckland ha ido bastante bien. De hecho, he conseguido dormir mucho más que en el de Barcelona a Hong Kong. Supongo que, después de pasarnos todo el día pateando Hong Kong, mi cuerpo ya había decidido que aquello de mantenerse despierto estaba sobrevalorado.
Y, por fin, Xavi y yo hemos aterrizado en Nueva Zelanda.
Entrar en el país ha sido más rápido de lo que esperaba. Viajábamos con pasaporte español y llevábamos aprobada de antemano la NZeTA que, aunque muchas veces acabamos llamándola «el visado», técnicamente no lo es.
España forma parte de los países con exención de visado de Nueva Zelanda. Para estancias turísticas de hasta tres meses no hace falta solicitar un visado de visitante antes del viaje, pero sí obtener la New Zealand Electronic Travel Authority (NZeTA). Una vez en la frontera, si se cumplen los requisitos de entrada, se concede el permiso correspondiente como visitante.
Con eso resuelto, hemos podido pasar por el control electrónico y todo ha sido sorprendentemente rápido.
Pero superar inmigración es solo la primera pantalla del videojuego. Después viene la bioseguridad neozelandesa.
Nueva Zelanda se toma muy en serio lo que entra en el país. Y cuando digo muy en serio, es MUY en serio.
Antes de llegar hay que completar la New Zealand Traveller Declaration (NZTD), una declaración en la que, además de los datos del viaje y del pasaporte, se debe indicar qué se lleva en el equipaje. Puede hacerse por internet o mediante la aplicación oficial.
Aquí no es buena idea pensar aquello de «bah, por una manzana no pasará nada».
Hay que declarar alimentos y productos de origen animal o vegetal, madera, tierra y también determinados equipos que hayan estado en contacto con el medio natural. Eso incluye el material de senderismo. Así que, si se viene con las botas llenas de barro, los bastones sucios o cualquier otro recuerdo orgánico de la última excursión, mejor decirlo. El objetivo es evitar que entren plagas o enfermedades capaces de afectar a un ecosistema y a una agricultura que el país protege de forma especialmente estricta.
Y equivocarse puede salir caro: no declarar un artículo considerado de riesgo, incluso por error, puede suponer una multa inmediata de 400 NZD.
Nosotros habíamos hecho los deberes y no llevábamos nada que declarar. Aun así, después del control de bioseguridad hemos pasado por otra zona en la que un perro ha ido olfateando los equipajes en busca de cosas que quizá sus propietarios hubieran decidido olvidar convenientemente que llevaban.
Superada también esa prueba, hemos salido por fin a la zona de llegadas.
El aeropuerto no me ha parecido excesivamente grande y enseguida hemos localizado el stand 3 de los off-site shuttle transfers, donde teníamos que esperar a que vinieran a buscarnos los de GO Rentals.
Y justo cuando llegamos, ha aparecido nuestro shuttle.
Nueva Zelanda, ahora sí.

El problema del carné de conducir
El shuttle nos ha llevado hasta la oficina de alquiler, que está a unos cinco minutos del aeropuerto.
Yo había hecho todo el check-in por internet, había pagado la reserva y había subido la documentación, así que recoger el coche debería haber sido llegar, coger las llaves y marcharnos.
Debería.
Porque entonces ha aparecido el detalle de Xavi.
Xavi figura como segundo conductor y llevaba su carné de conducir español, pero no el permiso internacional. Tenemos uno antiguo por casa, pero como el permiso internacional hay que renovarlo periódicamente, ni siquiera habíamos pensado en llevarlo.
El problema es que el carné español no está en inglés.
La normativa neozelandesa establece que, si el permiso extranjero no está en inglés, hay que llevar también una traducción válida al inglés o un permiso internacional de conducción junto con el carné original.
Por suerte, en la oficina deben de haber visto esta película unas cuantas veces, porque trabajan con un servicio de traducción.
Por el módico precio de 65 NZD, claro.
Hemos pagado y, unos quince minutos después, hemos tenido la traducción oficial del carné de Xavi. Problema solucionado. Además, nos servirá durante todo el viaje, lo cual nos viene especialmente bien porque en la Isla Sur volveremos a alquilar coche con la misma compañía.
Nuestro compañero para esta primera parte del viaje es un Toyota RAV4 híbrido 4×4. Es grande, pero como no teníamos claro qué tiempo nos íbamos a encontrar durante estas semanas, hemos preferido no escatimar en el coche.

¿Y por qué Nueva Zelanda?
Mientras conducíamos hacia nuestra primera parada, pensé que era un buen momento para repasar cómo hemos acabado aquí, porque este viaje llevaba mucho tiempo dando vueltas por mi cabeza.
Cuando, hace un par de años, empecé a pensar en qué quería hacer para celebrar mis 50 años, uno de los grandes viajes que tenía en mente era Nueva Zelanda. Pero mi idea original era bastante más ambiciosa: conseguir cinco o seis semanas de vacaciones, quizá pedir algún tipo de permiso en el trabajo y, ya que llegar hasta esta parte del mundo es complicado y caro, aprovechar para combinar Nueva Zelanda con algunas islas del Pacífico.
Fiyi. Samoa. Quizá algo de la Polinesia Francesa.
Un paseo por el Pacífico, vaya.
El problema es que una cosa son los viajes que uno monta mentalmente y otra, la vida real.
Por motivos laborales, pedir tantas semanas acabó siendo inviable. Hace aproximadamente un año descarté el permiso y, con él, prácticamente también Nueva Zelanda. Con las tres semanas que, como máximo, podía conseguir, los vuelos que encontraba no ayudaban: alrededor de 1.250 o 1.300 euros, dos escalas y unos trayectos que, entre ir y volver, podían comerse cinco o seis días de vacaciones.
Y claro, tres semanas menos casi una semana metidos en aviones y aeropuertos dejaba un viaje absurdo.
Así que una de las alternativas para octubre era Mauricio.
Aunque cada vez que mencionaba Mauricio, a Xavi no parecía hacerle una ilusión desbordante.
Y entonces, en enero de 2026, mientras buscaba vuelos, no sé muy bien por qué se me ocurrió volver a mirar Auckland.
Y apareció.
Cathay Pacific: Barcelona–Hong Kong–Auckland.
El precio era parecido al de las otras opciones de viaje, unos 1.300 euros, pero con una sola escala. Y la ida tenía una escala larguísima en Hong Kong: aterrizábamos a primera hora de la mañana y el vuelo hacia Auckland no salía hasta la noche. Para mucha gente aquello sería una escala infernal. Para nosotros era prácticamente regalarle un día más al viaje.
Nunca habíamos estado en Hong Kong y era una ciudad que teníamos muchas ganas de conocer.
De repente, aquella escala no era un problema. Era una ventaja.
Además, la vuelta tenía una conexión mucho más corta en Hong Kong.
No lo pensamos demasiado.
Compramos los vuelos.
Eso sí, con solo unos 18 días en Nueva Zelanda (desde hoy, 5 de octubre, hasta el 23), hemos tenido que renunciar a la idea de añadir Fiyi, Samoa o cualquier otra isla. Solo desplazarnos hasta allí habría necesitado varios días que preferíamos dedicar a Nueva Zelanda.
Y tampoco podemos verlo todo aquí. Hemos tenido que escoger.
El plan final consiste en pasar aproximadamente una semana recorriendo parte de la Isla Norte y continuar después por la Isla Sur.
No será aquel viaje de cinco o seis semanas que imaginé inicialmente para mis 50 años.
Pero estamos aquí.
Y eso ya me parece un buen comienzo.

Camino de Matamata
Desde la oficina de alquiler hemos puesto rumbo a Matamata, nuestra primera parada del viaje.
El trayecto ha durado unas dos horas y cuarto porque hemos encontrado mucho tráfico al salir de Auckland. Una vez que hemos dejado atrás esa zona, ha empezado a aparecer la Nueva Zelanda que uno tiene en la cabeza antes de venir.
Prados verdes. Muchísimo verde. Pastos. Vacas. Colinas suaves. Casas desperdigadas.
Un paisaje muy bucólico que por momentos me recuerda al Reino Unido.
Estamos a principios de la primavera austral y hemos tenido mucha suerte: Nueva Zelanda nos ha recibido con un día soleado y precioso.
Y conduciendo por aquí es fácil entender por qué Peter Jackson encontró en esta zona el paisaje que necesitaba para recrear la Comarca. Matamata, en la región de Waikato, es precisamente la localidad junto a la que se encuentra el escenario de Hobbiton, uno de los lugares de rodaje de las películas de El Señor de los Anillos y El Hobbit.
Pero Hobbiton será mañana.
Hoy ya llevamos suficiente.

Nuestra primera noche neozelandesa
Hemos llegado al Tower Road Motel, donde pasaremos nuestra primera noche en Nueva Zelanda.
Es un negocio familiar que habíamos reservado porque tenía muy buenas valoraciones y, la verdad, la primera impresión ha sido excelente. Nos ha recibido Andy, muy amable, y la habitación está francamente bien: es grande, tiene una cama enorme y una kitchenette. La noche sin desayuno nos ha costado 190 NZD.
Además, podemos dejar el coche aparcado literalmente delante de la puerta de nuestra habitación.
Es exactamente ese tipo de motel de carretera americano que hemos visto quinientas veces en las películas.
Solo falta que aparezca alguien en bata a buscar hielo.
Matamata
Después del check-in hemos cogido el coche y nos hemos acercado al centro de Matamata.
El pueblo tiene la estructura típica que uno imagina cuando piensa en localidades pequeñas de películas americanas o incluso de algunas zonas del Reino Unido: una avenida principal donde se concentran restaurantes, comercios y servicios y, a partir de ahí, las casas empiezan a quedar mucho más dispersas por los alrededores.
Nosotros teníamos una misión muy básica a esas horas.
Cenar.
Habíamos encontrado buenas críticas de Lotus Thai Bistro, un restaurante tailandés situado en Broadway Street, y allí hemos acabado.
Y ha sido un acierto.
Hemos pedido unos curry puffs para compartir (14,90 NZD); yo he comido Chicken & Ginger, pollo salteado con jengibre (30,90 NZD), y Xavi, un Panang Curry de cordero (32,90 NZD).
Todo estaba muy bueno.
La cuenta final para los dos ha sido de 78,70 NZD.

El adaptador que no adapta
Después de cenar todavía teníamos otra cuestión logística pendiente.
Habíamos traído un adaptador de corriente.
Un adaptador de corriente que no sirve para Nueva Zelanda.
Detalles.
Así que nos hemos acercado a The Warehouse, a unos 700 metros del centro de Matamata. La zona tiene varias grandes superficies, entre ellas un supermercado y esta tienda enorme en la que venden prácticamente de todo: pequeños electrodomésticos, electrónica, libros, cosas para el jardín y todo aquello que uno no sabe que necesita hasta que entra.
Nosotros, por una vez, sabíamos exactamente qué necesitábamos.
Un adaptador que adaptara.
Compras terminadas y problemas tecnológicos resueltos, hemos vuelto al motel.
Ducha y a descansar.
Porque, si lo pienso, llevamos tres jornadas larguísimas desde que salimos de Barcelona: vuelo hasta Hong Kong, un día entero recorriendo Hong Kong, otro vuelo nocturno hasta Auckland, inmigración, aduanas, alquiler de coche y dos horas largas de carretera hasta Matamata.
Y mañana empezamos de verdad a recorrer Nueva Zelanda.
Nota sobre el uso de la IA: Para elaborar esta entrada he utilizado inteligencia artificial como herramienta de apoyo para ordenar y dar forma a mis notas de voz, así como para mejorar la accesibilidad de las fotografías. El contenido se basa en mis propias historias, recuerdos y experiencias, y ha sido revisado y editado por mí antes de su publicación.

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